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La Subregión Central, epicentro departamental

En términos históricos esta subregión ha sido el centro político, administrativo y comercial, papel que cobró fuerza desde el fin de la era colonial.

La actividad comercial que se generó en torno al abastecimiento de las minas del sur, y posteriormente en relación con la explotación maderera, contribuyó a la consolidación de un núcleo de poblamiento donde se organizaron las actividades político-administrativas más importantes.

Las cuencas alta y media del río Atrato le dan a esta subregión una configuración ambiental específica, en la que se destaca una vastísima área de bosque intervenido por agricultura migratoria, especialmente en la vega de los ríos.

Hacia el occidente predomina la formación de bosques heterogéneos, sobre la estribación oriental de la Serranía del Baudó (Cortés, Abdón, citado en: CIDER-SIP, 1991). El relieve de esta zona varía desde el rango del ondulado hasta lo muy quebrado. Esto limita sus posibilidades de aprovechamiento, aunado al clima y a la superficialidad y pobreza del suelo.

El reordenamiento de la población que se produjo una vez finalizó la minería basada en esclavos, implicó la dispersión de la población negra y la ocupación de las riberas de las cuencas alta y media del río Atrato, eje geográfico y social de la zona. Significó también conflictos con los indígenas, si bien estos se habían visto obligados por la presión colonial a remontarse a las cabeceras de los ríos y afluentes del Atrato como el Neguá, Munguidó, Paimadó, Tanguí, Beté, Amé, Capá, Bebará, Buey, Buchadó, Domingodó, Chintadó, Truandó, Salaquí, Tanela y afluentes del río Quito (ver Pardo, M., 1981: 81).

La población negra desarrolló como patrón de asentamiento, las viviendas y caseríos ribereños dispersos, de baja densidad demográfica, comunes también al resto del Chocó como se ha mencionado. La producción se dirigió a la agricultura itinerante y la minería artesanal, ambas articuladas entre sí en un ciclo de aprovechamiento anual. Los recursos de ríos, ciénagas y de la selva vecina, sirvieron de soporte a la economía rural.

La rotación de pequeños cultivos de plátano, maíz, caña de azúcar, distantes entre sí, trabajados con apoyo de una densa red familiar y de lazos de compadrazgo, guarda marcadas similitudes con los modelos emberá y wanana. Los diferencia, sin embargo, la composición del grupo de parientes y la minería del oro que los indígenas no practican, mientras, dice Tomás Torres, "la minería ha estado presente en toda la vida de mi pueblo" (Torres, T., .1989: 30).

En los cascos urbanos, sobre todo en Quibdó, se concentró la población blanca, siempre minoritaria. A Quibdó llegaron a finales del siglo pasado refugiados de las guerras civiles, provenientes especialmente de la Costa Atlántica. Los lazos político-administrativos con el Cauca también atrajeron familias de ese origen.

En las primeras décadas del siglo Quibdó recibió inmigrantes de procedencia siria y libanesa; la mayoría llegaron directamente de sus países de origen, pero otros vinieron de la Costa Atlántica. Con el auge del oro y el platino en los años 20, algunos como el ya mencionado Félix Meluk, logran conformar poderosas empresas comerciales que importaban bienes por mar desde Jamaica y Panamá, a través de una flotilla de buques que remontaban el Atrato.

Participaron activamente en el comercio internacional de oro y platino, con vínculos en New York y Londres.

Así, entre los años 20 y los 50 de este siglo, la región mantuvo vínculos comerciales más fuertes hacia el exterior que con el interior del país. Con éste, los lazos principales eran de orden administrativo y político y débiles en lo económico.

Las comunicaciones con el interior eran en extremo precarias. La carretera Quibdó-Medellín, construida en los años 30, es todavía hoy una vía precaria, casi una trocha.

Precisamente la construcción de esa carretera atrajo inmigrantes principalmente de Antioquia, quienes se asentaron en inmediaciones de la vía. No se generaron, sin embargo, corrientes colonizadoras de envergadura, ni vínculos económicos importantes. El río Atrato continuó siendo la arteria de comunicaciones orientadas hacia la Costa Atlántica. La importancia del Atrato sólo decayó en las últimas décadas, con el fortalecimiento relativo de la red vial terrestre y aérea.

La población blanca de la región se concentró en Quibdó alrededor de la administración pública y el comercio. Mantuvieron el monopolio de la administración hasta los años 60. En 1966 se produjo, con gran revuelo, el nombramiento del primer gobernador negro del Chocó, en la presidencia de Carlos Lleras. Los comerciantes por su parte han estado sujetos a los ciclos de repunte y depresión en la explotación aurífera y maderera.

Para cuando se designó al gobernador Mosquera, ya las familias blancas habían iniciado su traslado hacia la Costa Atlántica (Barranquilla y Cartagena) y al interior (Bogotá y Medellín). El control blanco sobre la administración cedió el paso a los dirigentes locales negros. La administración pública, sin embargo, ha mantenido una desafortunada dependencia del ejercicio partidista local, que puede comprenderse a la luz de la forma como se entienden las solidaridades locales y las alternativas de subsistencia, pero no ha contribuido a la calidad de la vida de la mayoría.

Vale la pena destacar que los blancos en la región no sumaban más de 14 grandes familias a mediados de los años 50. De éstas, sólo permanecen tres. Unas pocas lograron acumulación significativa de capital, que no se reinvirtió en la zona. El ideal social desde finales de los años cincuenta fue emigrar a una ciudad mayor, que ofreciera mejores servicios y oportunidades. Así, la presencia de una élite tradicional blanca se debilitó y fue parcialmente sustituida por migrantes prósperos, especialmente paisas, vinculados al comercio.

Estos cambios han repercutido en el funcionamiento del aparato institucional local en las últimas décadas, visto como una de las pocas fuentes de empleo y aun de acumulación personal. La lucha por cada empleo es ardua, y es controlada por jefes políticos en un circuito de favores y protecciones. Las decisiones sobre inversión pública pasan también por consideraciones de conveniencia política y sin duda han tenido su parte en la carencia de servicios públicos.

La precariedad institucional estatal en la subregión, por su carácter como sede de la cabecera departamental, influye en el conjunto y si bien la estrechez de los presupuestos locales hace parte de su debilidad, no lo es menos el circuito de reproducción de liderazgos políticos basados en el control de la administración pública.

Estos son persistentes, pues se fundan y activan a través de lazos tradicionales de solidaridad familiar y de compadrazgo. Cada jefe político es también líder de un tronco familiar y de compadres comprometidos con él. Este debe retribuírles su apoyo con los empleos que pueda obtener. Los jefes principales cuentan con capitanes que suelen ser sus parientes, quienes a su vez mueven su propia red familiar. El capitán, cuentan algunos en Quibdó, era la denominación del jefe de las cuadrillas de esclavos.

La población blanca de Quibdó, si bien desarrolló y mantuvo hasta casi los años sesenta mecanismos de segregación racial en la vida diaria, en el acceso a la educación, en las actividades festivas y aun en el uso de ciertos espacios públicos (4), adoptó, probablemente sin darse cuenta, elementos culturales de los nativos negros, como se hizo referencia en el capítulo tercero

Si bien no se dio en este siglo un mestizaje biológico inter-racial apreciable, múltiples rasgos de las sociedades negras modelaron a los pobladores blancos con larga permanencia en la zona. La organización familiar, el papel central de la mujer y la abuela materna en ella, los lazos de compadrazgo, las concepciones del cuerpo y de la sexualidad, son algunos.

Dentro de la Subregión Central, Quibdó tiene una de las densidades de población más altas de todo el departamento (12.3 hab/km2 ). Hacia el norte y el sureste, las densidades varían desde 1.7 hab/Km2 hasta 6.6 hab/km2 (Bojayá y Lloró respectivamente) (CIDER-SIP, cit.: 143).

CUADRO N° 15
POBLACION SUBREGION CENTRAL, 1993

Municipios

TotalCabeceraRestoArea mpal. Km2
Quibdó105.17267.64937.5236.164
Bojayá7.9046907.2143.693
Lloró9.6221.6667.956905
Bagadó13.9383.65410.284979
El Carmen6.1691.7434.4261.017

TOTAL

132.80575.40267.40312.758

FUENTE: DANE, Censo 1993.

El total de población de la subregión para 1985, era de 99.447 habitantes sobre un área de 12.758 km; para 1993, fue de 132.805. Representa el 26% del territorio y cerca de la mitad de la población departamental (ver Gráficos 1 y 2).

Quibdó tiene el sesenta por ciento de la población urbana departamental y el 32% de la totalidad.

En el lapso entre 1973 y 1985, Bagadó experimentó una tasa negativa de crecimiento; pero en el último período intercensal aumentó de manera apreciable la población en la zona rural, en parte debido a la influencia de la carretera Bagadó-Cértegui-vía Panamericana.

Las actividades comerciales en la subregión son más intensas que en cualquier otra, pero en cambio sus relaciones con otras, son débiles. Esta subregión es, sin embargo, la que presenta los niveles más altos de articulación interna. Con la del San Juan mantiene vínculos muy estrechos, geográficos, viales, administrativos y comerciales.

La población de esta subregión es en su mayoría afrochocoana, con excepción de El Carmen de Atrato fundamentalmente de origen antioqueño y de pequeños enclaves emberá.

La dinámica de la población en la subregión, según los datos del DANE, gira en torno a la urbanización de Quibdó, que es un receptor de importantes flujos intrarregionales. "Puede pensarse que Quibdó ocupa una doble función, como receptor de población rural y de otras cabeceras de la misma subregión y como estación de paso de la migración de fuera del Departamento." (CIDER-SIP, cit.: 45). Un dato que puede ser significativo para la subregión es que, mientras en el período intercensal 73-85, cuatro de los cinco municipios de la subregión perdieron población, en el anterior todos aumentaron, aunque con tasas diferenciales. Este aumento, aunque poco apreciable en términos relativos, en datos absolutos de población es importante y puede actuar como presión desestabilizadora de la relación sociedad-ambiente natural.

En el período intercensal 1973-1985 el municipio de Quibdó aumentó su población a una tasa de crecimiento de 3.47%, la más alta del departamento, con una concentración creciente en su cabecera. En el último período continuó el acelerado crecimiento del casco urbano de Quibdó. La subregión en su conjunto creció a un ritmo más lento que el de la población agregada del país en el período 1973-85; pero el municipio de Quibdó creció a un ritmo superior.

Estos procesos de recomposición espacial de la población del departamento pueden acentuarse si se mantienen las tendencias actuales.

Según el estudio del CIDER (ver Cuadro N° 2), es notable el hecho de que en esta subregión casi el 40% de la población urbana, concentrada en Quibdó, no nació en el municipio donde fue censado en 1985, aunque sí en el departamento; un porcentaje mayor de mujeres que de hombres está en esta situación, lo que parece mostrar mayor afluencia femenina desde la zona rural. De hecho, se observa el traslado a Quibdó de mujeres en busca de educación para sus hijos, mientras los hombres se suelen quedar en el campo.

Un 20% de la población rural no nació en el municipio donde reside, cifra que indica movilidad inter-rural en la subregión. En conjunto, esta subregión es receptora de población.

La región central tiene también índices muy elevados de necesidades básicas insatisfechas, que sobrepasan el 90% en los municipios de Lloró y Bagadó, alcanzan el 80% en Quibdó, y descienden al 60% en El Carmen de Atrato.

Esta región cuenta con el mayor número de viviendas y de estas apenas el 9% tiene todos los servicios públicos y el 45% carece de todos ellos.

La educación y la salud presentan, no obstante, una mayor oferta de servicios en la Subregión Central, con respecto al resto del Departamento. Quibdó cuenta con una Unidad Regional de Salud y El Carmen de Atrato con hospital local. Como en el resto del Chocó, la comunidad acude a un sistema tradicional de salud, con agentes especializados, la partera, el tonguero, el yerbatero, el curandero, quienes suplen la falta de los servicios de salud institucionales.

En el aspecto educativo, en la Subregión Central se encuentra la sede de la Universidad Tecnológica del Chocó, así como establecimientos de educación secundaria y primaria. En general, los docentes se concentran en las cabeceras municipales, a pesar de algunos programas encaminados al estímulo de los maestros rurales. Las condiciones de vida en estas zonas influyen en la inestabilidad de los docentes rurales, pero en Lloró y Bagadó por su cercanía a Quibdó, los docentes permanecen en sus cargos mayor tiempo que en otras zonas.

Desde el punto de vista del empleo, Quibdó concentra la oferta de empleo permanente, ligado especialmente a los servicios, donde pesa el papel del sector público; mientras en la capital el 22% tiene algún empleo permanente, en los demás municipios escasamente llega al 1%. Pero en Quibdó se observa como fenómeno social creciente el subempleo; por ejemplo, crecen las ventas de chance, las rifas, las ventas callejeras de frutas, comestibles y ropa.

La minería es una actividad que contribuye de manera importante a la generación de ingresos familiares. El barequeo, el mazamorreo, el hoyadero, los entables con motobombas, draguetas y retroexcavadoras constituyen fuentes de empleo tanto para hombres como para mujeres. En El Carmen de Atrato 150 familias dependen de la mina de cobre colombo-japonesa El Roble Explotación.

El arroz y el plátano generan los principales excedentes agrícolas, sobre todo en el municipio de Bojayá.

Quibdó, como epicentro regional, condensa los problemas que llegan con los cambios sociales; en Quibdó ya es apreciable el deterioro ambiental urbano, como el caso de las viviendas asentadas en las quebradas La Yesca, Las Consentidas, Las Margaritas y La Cascorva; allí la discusión sobre recuperación ambiental y arquitectónica apenas se inicia, con no pocos conflictos con la población allí asentada, que no ve garantizados sus derechos en las propuestas urbanísticas. Otros sitios con impactos ambientales adversos, son el río Cabí, donde se encuentra la bocatoma para el acueducto de Quibdó y el mismo río Atrato, o el basurero superficial de la ciudad.

La ciudad ha sido completamente desbordada por los inmigrantes rurales, pues no sólo se agotaron sus limitados servicios públicos, sino también la planificación urbana. El paisaje urbano de otras décadas apenas se deja adivinar en unas cuantas casonas de madera, poco valoradas localmente, amenazadas de ruina, y uno que otro edificio público de arquitectura republicana. La arquitectura estrecha y gris del interior se ha acoplado a la construcción por etapas de los nuevos habitantes.

En cierto sentido, Quibdó es un laboratorio de la adaptación del hombre campesino a un hábitat urbano. En Quibdó se reconoce aún el asentamiento ribereño en fuentes casi secas que lo recorren parcialmente. Numerosas creencias y costumbres rurales se incorporan al modo de vida urbano. Pero, sobre todo, una buena parte de las familias de los estratos más pobres, vive de ingresos de origen rural, agrícola, minero y pesquero. Hombres y mujeres viajan periódicamente a sus cultivos y minas y es posible observar grupos que regresan al atardecer a Quibdó después de minear durante el día. Más aún, tratan de aprovechar en la ciudad misma los recursos ya conocidos del campo. Por eso buscan el río: el Atrato, La Yesca, La Yesquita, el Caraño, el Cabí. Pero el río sin la selva, sobrepoblado, no puede con los desechos de la nueva vida, se convierte en basurero, apocado y empobrecido.

 

 
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